El presente como estación de paso.
La Carreta por *Eréndira Karina Córdoba
Miércoles 17 de junio del 2026
Vivimos atrapados en tres tiempos a la vez. Nos aferramos al pasado, repasando conversaciones que ya no podemos cambiar. Nos adelantamos al futuro, anticipando problemas que quizá nunca lleguen. Y mientras tanto, el presente se convierte en un simple pasillo el cual cruzamos de prisa, pero rara vez nos detenemos a estar ahí.
El ciudadano común, ese que se levanta todos los días para salir adelante queda atrapado en recuerdos que ya no pueden cambiar, en futuros que nunca llegan y en un presente que se escapa. Pero lo más brutal es que ese presente está impregnado por la impunidad.
La impunidad en México no es un accidente, es un sistema operativo. Funciona como un engrane que no se detiene, una maquinaria que atraviesa gobiernos, instituciones y territorios. No importa quién esté en el poder, el código sigue siendo el mismo. Aquí se puede matar, extorsionar, desaparecer, robar, y la consecuencia es… ninguna.
La violencia cotidiana es la más cruel porque no necesita grandes titulares, se instala en lo pequeño, en lo íntimo, en lo que debería ser seguro. Y ahí es donde la impunidad se vuelve más evidente porque no hay justicia para el asalto en el transporte, ni para el robo en la tienda, ni para el acoso en la calle.
Estamos hartos de que las autoridades se refugien en el pasado (“ya bajaron los homicidios respecto a la administración anterior”) o en el futuro (“ya vendrá un cambio”). Mientras tanto, el presente se pudre en la manos de la gente que ve cerrar sus negocios, aguantar extorsiones, buscar a sus desaparecidos, regresar a pie a sus casas por que les robaron el vehículo, recordar a transportistas que les arrebataron la vida y tantas tragedias más.
Esta dinámica no es casualidad; es estructural. La sociedad nos empuja a la productividad constante, a la productividad sin descanso, a la planeación obsesiva, a la nostalgia como refugio barato ante los precios que cada vez están más altos. El resultado es un vacío, es sin duda, un presente que se diluye entre la ansiedad y la memoria.
La Carreta debe señalarlo; no se trata de un asunto individual, sino colectivo. Cuando el presente se reduce a un trámite, la vida pública también se vuelve un simulacro. Las decisiones políticas se justifican con promesas futuras o con glorias pasadas, mientras la ciudadanía queda atrapada en un presente que nadie quiere habitar.
Estamos hartos de que todos los discursos políticos se justifiquen en nombre del futuro, “es el momento, ya vendrá el progreso”, “espera, ya se resolverá”. Mientras tanto, el presente se pudre. Las calles siguen colapsadas y sin luz, la violencia se normaliza, los robos a la alza, la educación se recorta, y la vida cotidiana se convierte en un simulacro. El poder político juega con los tiempos a su modo, presume glorias pasadas, promete milagros futuros, pero nunca responde por el desastre del presente.
La realidad, aunque duela reconocer, es que la impunidad es el verdadero poder en México. Es el miedo que acompaña a la gente común, el silencio que se impone en las colonias, la resignación que se convierte en hábito. No importa cuántas administraciones cambien, cuántos planes se anuncien, cuántas reformas se presuman. Mientras la impunidad siga siendo la regla, el presente seguirá siendo un lugar inhabitable.
La gente ya no cree en cifras, ni en discursos, ni en promesas. Porque sabe que la violencia no se mide solo en muertos, también se mide en miedo, en silencio, en cansancio, en hartazgo, en rutas que ya no se toman, en negocios que pagan cuota para sobrevivir. La violencia no se combate con discursos, sino con justicia real. Porque mientras el presente siga siendo ciego ante las injusticias, el futuro será solo otra promesa vacía.

Podría asegurar que el hastío es colectivo, la gente está cansada de discursos que siempre hablan de lo que fue o de lo que será, pero nunca de lo que es. El presente no se negocia para el ciudadano de a pie, el presente se vive, se habita, se defiende, se grita. Porque si no lo hacemos, el futuro será solo otra promesa incumplida.
Ese hastío, esa rabia, no es resignación, es ahora la semilla de un reclamo que tarde o temprano se volverá incontrolable. Porque un país no puede vivir eternamente en un presente podrido sin que la sociedad no decida romper el código.
Quizá la verdadera revolución sea simple, el aprender a estar aquí. No como consigna espiritual, sino como acto de valor. Porque solo en el presente se puede ejercer la libertad, exigir justicia y construir comunidad.

